Queridos hermanos:
Los saludo con gran alegría y les agradezco que estén aquí esta mañana. Agradezco al Cardenal Vicario por las palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente a todos ustedes: a los miembros del Consejo Episcopal, a los párrocos, a todos los presbíteros presentes. Y les digo que, si es verdad que estamos al inicio de este camino cuaresmal, esto no es un acto de penitencia: es, al menos para mí, una gran alegría. ¡Y lo digo sinceramente!
Al comienzo del año pastoral nos dejamos inspirar por lo que Jesús dice a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10).
El don, como sabemos, es también una invitación a vivir una responsabilidad creativa. No estamos simplemente insertos en el río de la tradición como ejecutores pasivos de una pastoral ya definida, sino que, al contrario, con nuestra creatividad y nuestros carismas, estamos llamados a colaborar con la obra de Dios. En este sentido, son iluminadoras las palabras que el Apóstol Pablo dirige a Timoteo: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que está en ti» (2 Tim 1,6). Estas palabras, además de dirigirse a una persona individualmente, se dirigen también a la comunidad, y hoy podemos escucharlas dirigidas a nosotros: Iglesia de Roma, ¡recuerda reavivar el don de Dios!
¿Qué significa reavivar? Pablo dirige esta exhortación a una comunidad que, de alguna manera, ha perdido la frescura de los orígenes y el impulso pastoral; con el cambio de contexto y el paso del tiempo, se percibe cierto cansancio, alguna desilusión o frustración, cierto decaimiento espiritual y moral. Entonces el Apóstol dice a Timoteo y a aquella comunidad: recuerda reavivar el don que has recibido. Este verbo utilizado por Pablo —reavivar— evoca la imagen de las brasas bajo la ceniza y, como dijo el Papa Francisco, «sugiere la imagen de quien sopla sobre el fuego para reavivar su llama» (Catequesis, 30 de octubre de 2024).
También para el camino pastoral de nuestra diócesis podemos decir: el fuego está encendido, pero siempre es necesario reavivarlo.
El fuego encendido es el don irrevocable que el Señor nos ha dado; es el Espíritu que ha trazado el camino de nuestra Iglesia, la historia y la tradición que hemos recibido y todo aquello que, de manera ordinaria, llevamos adelante en nuestras comunidades. Al mismo tiempo, debemos admitir con humildad que la llama de este fuego no conserva siempre la misma vitalidad y necesita ser alimentada. Impulsados por los rápidos cambios culturales y los escenarios en los que se desarrolla nuestra misión, a veces asaltados por el cansancio y el peso de la rutina, o desanimados por la creciente indiferencia hacia la fe y la práctica religiosa, sentimos la necesidad de que este fuego sea alimentado y reavivado.
Esto vale en particular para algunos ámbitos de la vida pastoral a los que quisiera referirme brevemente.
El primero se refiere ciertamente a la pastoral ordinaria de las parroquias. Y aquí, ante todo, quisiera compartir con ustedes un pensamiento de gratitud, recordando las palabras que el Papa Francisco les dirigió en una de las últimas Misas Crismales: «Gracias por su servicio; gracias por el mucho bien escondido que hacen […]; gracias por su ministerio, que a menudo se realiza en medio de mucho esfuerzo, incomprensiones y poco reconocimiento» (Homilía en la Misa Crismal, 6 de abril de 2023). Los esfuerzos y las incomprensiones, sin embargo, pueden ser también ocasión de reflexión sobre los desafíos pastorales que debemos afrontar. En particular, en lo que respecta a la relación entre iniciación cristiana y evangelización, necesitamos un claro cambio de rumbo; en efecto, la pastoral ordinaria está estructurada según un modelo clásico que se preocupa ante todo por garantizar la administración de los sacramentos, pero tal modelo presupone que la fe es transmitida también por el ambiente circundante, tanto por la sociedad como por el entorno familiar. En realidad, los cambios culturales y antropológicos que han tenido lugar en las últimas décadas nos dicen que ya no es así; más bien, asistimos a una creciente erosión de la práctica religiosa.
Por ello es urgente volver a anunciar el Evangelio: esta es la prioridad. Con humildad, pero sin dejarnos desanimar, debemos reconocer que «parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia», y esto nos invita también a vigilar sobre una «sacramentalización sin otras formas de evangelización» (Evangelii gaudium, 63). Recordemos las preguntas del Apóstol Pablo: «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin que alguien les anuncie?» (Rom 10,14). Como todas las grandes aglomeraciones urbanas, la ciudad de Roma está marcada por una movilidad constante, por nuevas formas de habitar el territorio y de vivir el tiempo, por tejidos relacionales y familiares cada vez más plurales y, a veces, fragmentados. Por ello, es necesario que la pastoral parroquial vuelva a poner en el centro el anuncio, para buscar caminos y modos que ayuden a las personas a entrar nuevamente en contacto con la promesa de Jesús. En este contexto, la iniciación cristiana, a menudo estructurada según ritmos escolares, necesita ser revisada: es necesario experimentar otras modalidades de transmisión de la fe, también fuera de los caminos clásicos, para intentar involucrar de manera nueva a los chicos, a los jóvenes y a las familias.
Un segundo aspecto es este: aprender a trabajar juntos, en comunión. Para dar el primado a la evangelización en todas sus múltiples formas, no podemos pensar ni actuar de manera aislada. En el pasado, la parroquia estaba más estrechamente vinculada al territorio y a ella pertenecían todos los que vivían allí; hoy, en cambio, los modelos y estilos de vida han pasado de la estabilidad a la movilidad, y muchas personas, además de por motivos laborales, se desplazan por diversas experiencias, viviendo también las relaciones más allá de los límites territoriales y culturales de pertenencia. La sola parroquia no es suficiente para iniciar procesos de evangelización capaces de llegar a quienes no pueden vivir una participación adecuada. En un territorio de grandes dimensiones como el de Roma, es necesario vencer la tentación de la autorreferencialidad, que genera sobrecarga y dispersión, para trabajar cada vez más juntos, especialmente entre parroquias vecinas, poniendo en común los carismas y las potencialidades, programando juntos y evitando la superposición de iniciativas. Se necesita una mayor coordinación que, lejos de ser un simple expediente pastoral, pretende expresar nuestra comunión presbiteral.
Un último aspecto que quisiera subrayar es la cercanía a los jóvenes. Muchos de ellos —lo sabemos— «viven sin ninguna referencia a Dios y a la Iglesia» (Discurso a los participantes en la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 29 de enero de 2026). Se trata, por tanto, de captar y leer el profundo malestar existencial que los habita, su desorientación, sus múltiples dificultades, así como los fenómenos que los envuelven en el mundo virtual y los síntomas de una preocupante agresividad que a veces desemboca en violencia. Sé que conocen esta realidad y que se esfuerzan por afrontarla. No tenemos soluciones fáciles que nos aseguren resultados inmediatos, pero, en la medida de lo posible, podemos permanecer a la escucha de los jóvenes, hacernos presentes, acogerlos, compartir un poco de su vida. Al mismo tiempo, dado que las problemáticas afectan diversas dimensiones de la vida, procuremos también, como parroquias, dialogar e interactuar con las instituciones presentes en el territorio, con la escuela, con los especialistas en el ámbito educativo y de las ciencias humanas, y con todos aquellos que se preocupan por el destino y el futuro de nuestros jóvenes.
Y a propósito de la edad juvenil, quisiera dirigir una palabra de ánimo a los sacerdotes más jóvenes - están casi todos aquí, ¿verdad? - que a menudo experimentan en carne propia las potencialidades y las fatigas de su generación y de esta época. En un contexto social y eclesial más difícil y menos gratificante, se corre el riesgo de agotar pronto las propias energías, de acumular frustración y de caer en la soledad. Los exhorto a la fidelidad cotidiana en la relación con el Señor y, a trabajar con entusiasmo, aun cuando ahora no vean los frutos del apostolado. Sobre todo, los invito a no encerrarse nunca en ustedes mismos: no tengan miedo de confrontarse, también sobre sus cansancios y sus crisis, especialmente con aquellos hermanos que consideren capaces de ayudarlos. A todos nosotros, por supuesto, se nos pide una actitud de escucha y de atención, mediante la cual vivir concretamente la fraternidad presbiteral. Acompañémonos y sostengámonos mutuamente.
Queridísimos, me alegra haber vivido con ustedes este momento de compartir. Como recordé recientemente, nuestro primer compromiso es «custodiar y hacer crecer la vocación en un constante camino de conversión y renovada fidelidad, que nunca es un recorrido solo individual, sino que nos compromete a cuidarnos unos a otros» (Carta ap. Una fidelidad que genera futuro, 13). De este modo, seremos pastores según el corazón de Dios y podremos servir del mejor modo a nuestra diócesis de Roma. ¡Gracias!
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